Después de bucear en las profundidades de una Salamanca fastuosa, enigmática, apasionante, me voy. Todo nació hace casi un año porque “Turismo de Salamanca” quiso que nos sintiéramos acompañados por nosotros mismos, por nuestra ciudad, acariciados por cada piedra, cada ilustre personaje y cada calle.
Hoy se cierra un capítulo, cicatrizan “las esquinas de Salamanca”. Había que construir una etapa, un sentimiento, una emoción. Y a ello me puse de la mano de las instantáneas del gran Andrés Ñíguez. Yo también fui creciendo con los días, quise regalar sensaciones del calendario, anestesiar el miedo que arreciaba como nunca.
Quería que las palabras cobraban vida y doy fe que así fue porque recibimos tantas respuestas de agradecimiento, tantos comentarios. Gracias a todos por estar ahí. Queridos Fernando, Alex, Chus y María, nada hubiera sido posible sin vosotros. Gracias. Y gracias sobre todo a ti, Salamanca. Hasta la próxima.
Algunos días Salamanca me abre las puertas del cielo. Me susurra al oído que siga adelante. Me advierte que mis huellas no harán sino escribir un camino. “Nada más que añadir, su señoría”, respondo yo, en silencio. Y avanzo esquivando terrazas, cámaras de fotos, mascarillas y móviles que hablan por los ojos.
Y la vida sigue fluyendo en la Rúa. Yo pienso en ese bonito “palabro” que viene del latín “ruga”, y que significa “camino”. Cuánta historia tiene esta calle: La que fue en su día Rúa de Francos, Rúa de San Martín, Rúa de Mercaderes, Rúa Principal, Rúa Vieja, la calle Mariano Arés o la calle García Barrado. Tanto para nada. Nada para todo.
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Todavía quedan lugares escondidos en Salamanca, lugares mágicos, pequeños, recónditos, escondidos. Aún poco conocidos. Cuánto me gusta pasear al lado de esta página de la historia de Salamanca, descubrir sus muros y sus puertas encastrados entre los edificios, mirarla en silencio mientras la gente va y viene por el embudo de esa Plaza que en su día fue “el corrillo de la yerba”.
Camino como siempre hacia ningún sitio pero mire donde mire, el decorado de estas calles me devuelve siempre el mismo pensamiento: Qué ciudad tan bonita es Salamanca. Qué bonitos son los días normales en esta ciudad, los días cansados, en los que el frío toma la mañana, en los que el sol aparece por sorpresa para regar de luz las calles de Salamanca.
Días detrás de otros días y víspera de días que serán días nada más. Y nada menos. Días que son vidas por momentos, días verdes, días tristes, días llenos de palabras, de rutina, de nostalgia. Días de sonrisas envueltas en miradas. Días en los que al volver a casa saboreas que tu familia está bien, que no hay heridos en la guerra del calendario.
Días sin noticias que amenacen la línea de flotación del buque que transporta tus sueños. Días de libros y de papeles, de llamadas y de bolsas de supermercado. Días sin miedo, sin anhelos, días en los que Salamanca te engulle como un aullido interminable. Qué bonitos son los días normales.
En nuestra ciudad, además de Catedrales, Plazas, Museos, Puentes y Leyendas de la Historia hay otro Arte. Un Arte diferente, cotidiano, cultural, a pie de calle y de vida. Un Arte en las puertas de los garajes, en las trapas de los comercios, en muros, en paredes medianeras, en todo el mobiliario urbano.
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Me bajo del barco por las escaleras del Mercado, por las que antiguamente se accedía a la plaza de la Verdura, hoy Mercado Central. Un escalofrío vuelve a recorrer mi esqueleto frenando mis pasos en seco. ¿Quién sabe el cómo, el por qué, la intrahistoria tal frase?.
Merece la pena sentir los pasos de Miguel de Unamuno en la calle Libreros. Entrar en la que en su día fue la casa rectoral durante el mandato del humanista en la Universidad de Salamanca, es uno de los tesoros de nuestra ciudad. Desde mediados del siglo XX el edificio que hace esquina con la calle Calderón de la Barca es un museo dedicado a la vida y estancia del escritor en Salamanca. El edificio fue construido a mediados del siglo XVIII como Casa del Rector y espacio administrativo de la Universidad. ¿Su precio?
Hoy me salgo por la tangente de mi paseo nocturno por la calle Serranos y me dejo caer por la calle Cervantes, acariciando la Facultad de Geografía e Historia. Cuando giro por la calle Rabanal, triste y descuidada, en busca de una tilde, una imagen o un guiño de la historia que alimente mi curiosidad, Salamanca canta Bingo.
Pues sí, resulta que Sir Arthur Wellesley, más conocido como Lord Wellington, duque de Ciudad Rodrigo es el afortunado. Ya en 1813, la ciudad adquirió el compromiso de devolverle el honor a Lord Wellington pero solo en 1980 pudo cumplir la promesa. Salamanca no se puede entender sin su Universidad.
En su época de mayor esplendor, durante los siglos XV y XVI, la Universidad de Salamanca, figuró a la cabeza de las universidades europeas. El visitante podrá disfrutar el edificio de Escuelas Mayores, el Colegio Arzobispo Fonseca y la exposición del VIII Centenario. A través del Patio de Escuelas Menores el visitante también podrá acceder al "Cielo de Salamanca", obra pictórica que decoraba el techo de la Biblioteca de la Universidad. Su autoría se atribuye al pintor Fernando Gallego, a finales del siglo XV.
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Los Colores de la Universidad de Salamanca
Los colores de la Universidad de Salamanca son siete: Celeste para Filosofía y Letras, Rojo para Derecho, Amarillo para Medicina, Azul para Ciencias, Morado para Farmacia, Blanco para Bellas Artes y Naranja para Economía y Empresas. Su origen parece estar en unas lápidas colocadas sobre las puertas de las aulas cuyo fondo estaba pintado de un color que identificaba la materia impartida.
Una Navidad Diferente en Salamanca
Una Navidad muy diferente porque no hay reuniones ni demasiada alegría, porque el miedo ha tomado las riendas del calendario y la esperanza parece que aparecerá escondida dentro de unos números: 2021. Yo sigo. “Carpe Diem”, pienso. Tarde o temprano…“Memento Mori” y cruzo en diagonal la Plaza Mayor, un villancico pone la banda sonora al drama.
El Legado Francés en Salamanca
En el siglo XI cuando le encargaron a Raimundo de Borgoña repoblar la ciudad de Salamanca, los francos estuvieron dirigidos por Giralt Bernalt, de ahí que el apellido Bernal sea tan popular en nuestra ciudad. Al igual que la ciudad, la Sierra de Francia y la Peña de Francia heredaron ese influjo francés y también ese “apellido” porque entre los pobladores que llegaron a Salamanca, tras la expulsión árabe, hubo una colonia francesa que se estableció en esta zona de la provincia.