¿Qué es el Emprendimiento Social? El Caso de L'Olivera

Seguro que has oído hablar del concepto emprendimiento social y es posible que incluso tú mismo seas un emprendedor social y todavía no lo sepas. Ahora parece un concepto nuevo pero lo que realmente representa es mucho más antiguo de lo que crees. El emprendimiento social abarca a las empresas que tienen un claro objetivo social y esa tendencia, aunque ahora es cuando está aflorando por la buena imagen que transmite, se lleva dando mucho tiempo en muchos negocios. Los consumidores son cada vez más conscientes de cómo es el comportamiento de las empresas y sus hábitos de consumo pueden variar para premiar a esos negocios que anteponen el beneficio de algún aspecto de la sociedad.

Emprendimiento e innovación social van de la mano, como acabamos de ver, y seguro que una vez que conoces el concepto eres capaz de detectar el emprendimiento social en ejemplos de tu día a día e incluso de grandes compañías y proyectos de nuestro país y del resto del mundo. Eso no significa que se olviden de los beneficios económicos.

L'Olivera: Un Ejemplo de Emprendimiento Social en España

Empezamos este repaso con un bonito ejemplo de emprendimiento social en España. Fundada en 1974 en Vallbona de les Monges (Lleida), L’Olivera nació como un proyecto social vinculado al cultivo de la tierra en una zona marcada por la despoblación. Medio siglo después, sigue en pie, con actividades que combinan agricultura ecológica, producción de vino y aceite, e iniciativas turísticas que acercan su filosofía al público.

En concreto, hablamos de una cooperativa de Vallbona de les Monges (Lérida) que produce 17 tipos diferentes de vino y 5 especialidades de aceite gracias al trabajo de personas con discapacidad psíquica y en riesgo de exclusión social. Hay más de 70 empleados.

Orígenes y Filosofía de L'Olivera

Hace cinco décadas, en Barcelona y en los alrededores de la capital catalana, un grupo de personas desarrolló un proyecto innovador para vivir en una comunidad agrícola en un entorno rural. La iniciativa también contemplaba la inclusión y la acogida del colectivo de personas con discapacidad o sin recursos. Bajo el propósito de incluir a todos, pocos años después se instalaron en Vallbona de les Monges.

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En la localidad del Urgell, caracterizada en ese momento por la regresión demográfica, es desde donde ha pivotado la actividad de L’Olivera, una cooperativa de trabajo que se dedica a la inclusión de personas con discapacidades, necesidades especiales y en riesgo de exclusión a través de la producción de vinos y aceites. Precisamente con la voluntad de mejorar estos procesos de elaboración y venta de los productos, L’Olivera ha recibido un préstamo ICF Economía Social de 300.000 euros por parte de el Institut Català de Finances (ICF).

En sus inicios, L’Olivera adquirió una finca de cuatro hectáreas, donde se plantaron viñas y olivos. Ahora, la cooperativa dispone de una superficie de 20 hectáreas de los dos cultivos bajo la modalidad de producción ecológica. El año pasado comercializó 180.000 botellas de vino y produjo 23.000 kilogramos de aceitunas. El área agroalimentaria de la cooperativa representa aproximadamente la mitad de la facturación de L’Olivera, que supera los 3,3 millones de euros anuales.

Además de la sede de Vallbona de les Monges, desde hace más de una década, L’Olivera gestiona la viña y los olivos de la masía de Can Calopa, ubicada en Collserola, gracias a un acuerdo con el Ayuntamiento de Barcelona. Paralelamente, lo hace con el parque agrícola de Can Gambús de Sabadell.

De Ahumada recuerda que en el ADN de L’Olivera siempre ha estado presente “la filosofía de vivir en familia, acoger gente y eliminar los estigmas que pesan sobre las personas con discapacidad, los más vulnerables, los migrantes o los afectados por enfermedades mentales”. Los centros de trabajo de Vallbona y Can Calopa agrupan a más de 70 trabajadores, además de los 14 que forman parte de una empresa asociada de inserción laboral.

El gerente de la cooperativa subraya que la idea que hay detrás de L’Olivera se basa “en hacer un proyecto sostenible económicamente, centrándose en un producto de calidad vinculado a la tierra y la agricultura, reivindicando el componente social”. La vinculación a la tierra se concreta con iniciativas como la recuperación de fincas mediante la producción de alimentos.

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Hace pocas semanas, la apuesta recibió un aval en forma de reconocimiento. El Aceite Finques, que desde hace más de 20 años se elabora en L’Olivera, fue reconocido con el premio al Mejor Aceite de Oliva Virgen Extra de Catalunya en la primera edición de la Nit de l’Oli, unos premios que otorga el Departamento de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación de la Generalitat de Catalunya.

En un contexto de incremento de los costes de producción por la falta de agua, la sequía y el encarecimiento energético derivado de la Covid-19, L’Olivera planteó un enfoque para intentar mejorar y optimizar la producción y la comercialización. Aquí apareció el apoyo financiero del Institut Català de Finances (ICF). A través de la línea ICF Economía Social, la cooperativa ha recibido un préstamo de 300.000 euros, que han servido como ayudas de garantía para la financiación. Bajo este ámbito de actuación, el ICF cuenta con acuerdos de colaboración con el Departamento de Empresa y Trabajo (DEMT) y con el Fondo Europeo de Inversión (FEI) para facilitar el acceso a garantías dirigidas a proyectos de la economía social y cooperativa en Catalunya.

De Ahumada detalla que estas mejoras formuladas con el crédito del ICF han servido para abrir nuevos mercados y reforzar la red comercial. Actualmente, L’Olivera comercializa sus productos en Catalunya, las Islas Baleares, Valencia, Andorra y está extendiendo las ventas a Italia, Francia, Alemania, Hungría, Corea del Sur o a los países nórdicos.

Respecto a la relación con el ICF, De Ahumada valora “el refuerzo que ha supuesto para nuestra tesorería un préstamo a cinco años con unas condiciones financieras mejores que las de un banco tradicional, con tipos de interés bajos y una gestión muy ágil”. Proyectándose hacia el futuro inmediato, L’Olivera quiere continuar potenciando el eje social, un concepto que está en el núcleo de su proyecto productivo. Su reto ha sido siempre hacer alimentos que partan de la herencia agraria y que sean el reflejo de su tierra y de su gente.

La Visión de L'Olivera

La cooperativa nació en 1974, en Vallbona de les Monges (Lérida). El nombre de L'Olivera (el olivo) hace referencia a un árbol de crecimiento lento, que acaba enraizando profundo y puede llegar a ser centenario. Hace casi 40 años, un grupo de tres jóvenes con un padre escolapio de ideas avanzadas, se instaló en este pequeño pueblo rural para crear una experiencia alternativa, socializadora, cargada de utopía.

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Como cualquier movimiento colectivo, nos es difícil señalar una fecha de inicio. Solemos marcarla en septiembre de 1974, fecha en que un escolapio y tres chicas estudiantes de Barcelona decidieron instalarse en Vallbona de les Monges (“establecimiento en Vallbona del equipo experimental”). Podemos decir que detrás de esta decisión se esconden anhelos, intuiciones, ingenuidad y locura.

La base de la experiencia es la vida comunitaria en el pueblo, compartiendo “en lo posible y en todo momento” la vida, el trabajo, los bienes y la dimensión espiritual; ejes que poco a poco se van discutiendo, aclarando y poniendo por escrito. La acogida de los visitantes también es una realidad que marca esta época y que siempre estará presente. También desde los inicios está presente la voluntad de integrar a personas con deficiencia psíquica.

Para el grupo inicial, “acoger al deficiente es proclamar bien alto los valores originales de las personas. […] No vivimos de ellos, ni para ellos, sino que convivimos con ellos”. Se incide en ello declarando que “todos somos deficientes. Esta afirmación no es teórica” o con la voluntad firme de “comprender y aceptar que realmente todos somos deficientes”.

Ubicarse en el mundo rural también responde a las inquietudes del grupo y Vallbona de les Monges se perfila como el lugar en el mundo. En Vallbona se puede “experimentar un proyecto de vida más comunitario y opuesto a la deshumanización de las grandes ciudades”. El pueblo tiene una dimensión especial por la presencia del monasterio y hay un deseo expreso de vincularse a la realidad rural, a los habitantes de Vallbona, de ofrecer algún servicio y ser algún tipo de alternativa, en un tiempo en que la población todavía emigra a los centros urbanos y la agricultura es muy precaria: “Vallbona de les Monges. […] Trozo de tierra de la Catalunya pobre, en el extremos de la Segarra, las Garrigues y Urgell. Tierra de olivos y almendros y poca cosa más. Pueblo vacío que podríamos volver a llenar con un nuevo espíritu: compartiendo […] y socializando tierras para sobrevivir. La población nos ha acogido generosamente […] y nosotros desearíamos asimilarnos un poco a ellos […].

La forma cooperativa se acepta desde el principio como la figura jurídica que mejor responde a todas las inquietudes, pero con las reservas que supone cualquier funcionamiento normativizado (“L’Olivera […], antes de ser una cooperativa y un centro de deficientes es una realidad más extensa”).

La experiencia está marcada por las dificultades de convivencia, la tensión entre definir la propia identidad y la libertad deseada (“el número de residentes varía porque no hay ningún tipo de compromiso más que el que deriva de la responsabilidad”), las dificultades económicas y de organización del trabajo. Se habla de L’Olivera como de “vida en construcción”: “el proyecto […] consiste en construir una vida de comunidad viviéndola con deficientes y compartiéndola con la gente de una comarca pobre del campo. […] Se irá construyendo […] a medida que cada uno piense en la liberación común.

Después de más de 10 años entrando en el mundo tan especial y a veces vistoso del vino y de los productos de calidad, los productos que fabricamos van encontrando su espacio en el mercado. Empezamos a respirar. El equipo humano se estabiliza.

Cuando ya tenemos en marcha la movida del vino y se va confirmando que la apuesta se va situando, el equipo humano también va evolucionando. Algunos de nuestros trabajadores van envejeciendo, algunos, prematuramente. Es una situación nueva para nosotros. En el Centro Especial de Empleo (CEE) que formalizamos con el proyecto del vino, y donde hay siete trabajadores integrados (tenemos tres en régimen “transitorio”), las fuerzas van desfalleciendo, y el envejecimiento de los que llegaron jóvenes es evidente.

De nuevo, la intensidad de las decisiones y la realidad nos hacen responder. Decidimos que la gente tenga derecho a quedarse en la casa, que aquellos que van envejeciendo puedan hacerlo en L’Olivera. Abrimos el Centro Ocupacional (CO) para ocho personas y nos planteamos construir un nuevo hogar-residencia que acoja a este nuevo grupo que se transforma: a los que envejecen y a la gente que va entrando nueva a trabajar, que son cada vez más, así como un nuevo espacio para la producción, ya que en las instalaciones antiguas ya no cabemos. Así, nos ponemos en marcha para diseñar una nueva casa, tras casi treinta años viviendo en la que estamos ahora. Volvemos a movernos para buscar complicidades en un proyecto que, al ser rural y minúsculo, no llama nada la atención de los responsables de las administraciones. Por suerte, el tiempo y el desplazamiento hasta Vallbona (¡ha costado 30 años!) hace que toda esta gente se dé cuenta de las características propias de la “aventura”.

Decidimos construir la nueva residencia para 16 personas, con el mismo funcionamiento de la casa actual. Será la “casa grande”, donde también se encontrarán los espacios de la parte productiva, un comedor lo bastante grande como para comer mucha gente y una gran cocina. Otra vez, aquella acogida de la que se hablaba en los inicios, se integra de manera natural en el ritmo de la casa.

Coordinar un proyecto europeo entre 1999 y 2000 nos ayuda a conseguirlo. Esta red se extiende por Catalunya, Valencia, Madrid, País Vasco, Aragón, Portugal, Francia, Italia, Bélgica, Costa de Marfil, Senegal y Méjico. Parece ser que el futuro se está dibujando y la consolidación de L’Olivera le abre puertas para reproducir un modelo similar al de otros contextos. Con la casa nueva en marcha estamos pensando en adaptar la vieja para acoger a grupos, turismo rural, etc.

Gestión Cooperativa

Gestión Cooperativa: nuestro paraguas y motor de funcionamiento es el modelo cooperativo con todo el carácter y potencialidades que presenta. - Carlos, ¿cuándo te incorporas al proyecto de L'Olivera? Mi relación con Vallbona comienza a principios de los años 70, cuando diferentes jóvenes universitarios veníamos a menudo al pueblo, y donde el monasterio femenino representaba un espacio de apertura y experiencias innovadoras. Acabé los estudios de Ingenieria Industrial en Barcelona y conocí de primera mano el mundo de la fábrica y el mundo del proletariado, y de la marginación y de la inmigración, compartiendo barriada, suburbios y trabajos varios de peonaje. Poco a poco me fui implicando en L'Olivera, que había nacido unos años antes, y acabé formando parte plena del proyecto a principios de los 80. - Hoy en día, ¿cuál es vuestra situación? ¿cómo os ha afectado la pandemia? Hoy en día somos una experiencia singular, con ámbitos de actuación diversa: producción agroalimentaria de alto valor añadido (vinos y aceites), gestión de actividades enoturísticas y de restauración, inclusión social en el trabajo y en la vida personal, formación en diferentes ámbitos. La pandemia nos ha obligado combinar el ajuste de la dedicación (a través de un ERTE) con la continuidad del trabajo productivo y el incremento de la dedicación en el apoyo a personas vulnerables. Hemos tenido que cambiar dinámicas de trabajo para seguir vivos, pero hemos cerrado el año con un ligero incremento de ventas porque la pandemia ha incrementado la sensibilidad de la ciudadanía con proyectos como el nuestro. Nosotros decimos que los valores sociales y ambientales del proyecto vienen después de la calidad objetiva del alimento, y por eso en nuestras etiquetas y presentaciones no comunicamos explícitamente que somos un proyecto social. - Como cooperativa, ¿conocéis MONDRAGON? Sí, conocemos MONDRAGON. Yo participé en el Consejo Rector de la Federación de Cooperativas de Trabajo de Catalunya y visitamos la Corporación, y he asistido a conferencias y debates con miembros de MONDRAGON. Nosotros también nos hemos nutrido de la experiencia vasca, dado que en el impulso y crecimiento que experimentamos a partir del 2006-2008, estuvimos acompañados por Alfonso Vázquez y el grupo de Hobest, y en nuestros diferentes Marcos Estratégicos todavía lo estamos.

Ya os hemos avanzando que continuamos funcionando como cooperativa. Celebramos reuniones mensuales con todos los socios para comunicarnos cómo funciona el grupo y tomar las decisiones importantes. Las personas con discapacidad tienen un seguimiento de grupo e individual. Una vez al año celebramos la Asamblea General, con padres y amigos.

Somos más de 45 socios, 30 de los cuales nos movemos habitualmente en la cooperativa y 15 dan apoyo a nuestro trabajo desde la distancia. Las personas con deficiencias también son socias. Formamos un equipo de trabajo mixto, con hombres y mujeres y, en general, se trata de un trabajo estable.

Las actividades que nos configuran e “integran” son: la producción, elaboración y distribución de vinos, aceite y olivas (el CEE); las actividades del CO (huerto biológico, elaboración de olivas, hipoterapia); y llevar la casa, que hace relativamente poco tiempo pasó de 10 a 16 plazas en régimen hogar-residencia.

Un aspecto importante en este itinerario, y que ahora nos ayuda a afrontar las nuevas situaciones, es ir creando una “red de complicidades” amplia que nos alimenta de otras experiencias similares (en todo el mundo hay gente interesante, ¿no?), nos ayuda a relativizar la propia realidad y fortalece un grupo de amistades que ayuden a hacernos sentir parte de muchas iniciativas “en movimiento”.

Otros Ejemplos de Emprendimiento Social

Además de L'Olivera, existen numerosos ejemplos de emprendimiento social que están transformando la sociedad. Aquí te presentamos algunos:

  • Proyecto para la 'generación baby boomer': Una organización no lucrativa de San Francisco (Estados Unidos) que tiene como finalidad encontrar trabajo para personas de entre 55 y 65 años que se quedaron sin empleo y, por su edad, tienen muy complicado encontrar un nuevo trabajo.
  • Red de dispensadores automáticos a granel: Una empresa chilena que detectó que comprar determinados productos en formato pequeño significaba tener que gastar más dinero para familias con menos recursos, desarrolló una red de dispensadores automáticos a granel para que cada cual dosificara la cantidad de producto que necesitaba sin pagar de más.
  • CerQana: Una app diseñada para fomentar la autonomía e inclusión de personas mayores y dependientes o de jóvenes con autismo o síndrome de Down, creada por un joven emprendedor social de Zaragoza.
  • Escuelab: Una empresa fundada por una joven madrileña cuyo objetivo es democratizar el acceso a la educación científica práctica e interactiva y fomentar la vocación investigadora entre los más pequeños.
  • ECOALF: Una firma de moda sostenible cuyo objetivo es limpiar los mares de plásticos y residuos para fabricar tejidos reciclados, fundada por un emprendedor madrileño.
  • DECEDARIO: Un juego de mesa terapéutico de estimulación cognitiva para personas con diversidad funcional, creado por una emprendedora social valenciana que sufrió Daño Cerebral Adquirido (DCA).
  • Kuvu: Una plataforma donde las personas mayores se dan de alta rellenando un formulario y poniendo información sobre su inmueble y sus preferencias a la hora de convivir. Creada por Eduardo Fierro, Jon Ander Fernández y Haize Trueba.
  • RobinGood: Un proyecto rentable que, además, ofrece un retorno a la sociedad a través de la comercialización de snacks y palitos de pan. Creado por Luis Font.
  • ChildPPa: Busca introducir la biometría más avanzada en el sector social para visibilizar y proteger a menores que vivían en las calles en países de desarrollo. Liderada por Arancha Martínez.
  • Rooral: Una red de pueblos conscientes en zonas despobladas desde los que poder trabajar en remoto. Creada por Juan Barbed y Ana-Amrein.
  • Ayúdame 3D: Diseña e imprime prótesis en 3D dirigidas a personas sin codo. Dirigida por Guillermo Martínez.

Turismo Cooperativo: Una Alternativa Sostenible

El turismo es uno de los grandes motores económicos del país, pero su brillo tiene un reverso. «El turismo es lo que más provecho da a las empresas, pero los territorios están perdiendo su identidad paisajística, territorial, económica, local, humana…», advierte María Dolores Sánchez, investigadora del Instituto Pascual Madoz de la Universidad Carlos III de Madrid y coautora del capítulo «La cooperativa como motor de sostenibilidad en el ámbito del turismo» en el libro Turismo y Sostenibilidad.

De norte a sur, varias experiencias cooperativas muestran que otra forma de viajar es posible. Medio siglo después, sigue en pie, con actividades que combinan agricultura ecológica, producción de vino y aceite, e iniciativas turísticas que acercan su filosofía al público.

La cooperativa gestiona hoy 40 hectáreas. Sus productos se elaboran en dos polos: Vallbona, en pleno interior rural, y la finca de Can Calopa, en la sierra de Collserola (Barcelona). Allí también desarrollan la parte turística del proyecto, con visitas, catas, recorridos por los viñedos e incluso propuestas para los más pequeños. Además, la cooperativa integra laboralmente a personas con discapacidades varias, abriendo puertas en un mercado que suele cerrárselas.

«Nunca hemos querido rentabilizar el proyecto social que llevamos a cabo. Queremos que la gente compre nuestro vino porque es de calidad y muy positivo para el entorno», insiste Monfort. Para la cooperativa, sostenibilidad es un concepto integral, «no solo de forma ambiental, sino también social, generando oportunidades laborales, intentando retribuir nuestro trabajo de forma digna; y también sostenibilidad económica, que no es fácil en los tiempos que corren y en los sectores en los que hemos decidido llevar a cabo nuestro proyecto», explica Monfort.

Y añade: «No vamos a competir a precio en las actividades turísticas, porque no se puede sostener y porque queremos promover actividades de calidad, experienciales, donde la gente pueda aprender cosas, vivir cosas y descubrir otras realidades de manera lenta, tranquila, organizada y en pequeños grupos.

El Geoparque de Granada, reconocido por la UNESCO en 2020, abarca 47 municipios y más de 4.700 km² de paisajes únicos: cárcavas, tierras baldías, yacimientos fósiles y pueblos rurales con siglos de historia. «Me apasiona tanto la naturaleza, mi territorio, mi pueblo, mi lugar en el mundo… Tengo mucha estima y pasión por mi zona», confiesa Guillermo Sánchez, presidente y socio fundador.

Comenzó en solitario en 2018 y más tarde otros compañeros se sumaron al proyecto. La oferta es amplia: rutas de senderismo, experiencias en 4×4, talleres educativos, visitas a yacimientos y catas de vino y sabores de la zona. Más allá del turismo, el proyecto busca fijar población en una zona castigada por la despoblación. «Si no hubiésemos abierto la cooperativa, no estaríamos en nuestro pueblo. Queremos que se conozca más este sitio y que mucha gente pueda venir a vivir aquí», señala.

El propio Sánchez lo resume en una frase: «Yo no quiero tener que irme de mi pueblo. Con el apoyo de instituciones que empiezan a apostar por el territorio, Vive Geoparque demuestra que se puede generar empleo sin sacrificar el entorno. Pero Sánchez es claro: «Habría que fomentar más el emprendimiento en el territorio, que la juventud no tenga que irse.

En Almedíjar (Castellón), en plena Sierra de Espadán, la cooperativa Canopia impulsa desde 2017 el proyecto La Surera, un albergue rural que combina turismo responsable, cultura y dinamización social. Sus impulsores, Grégory Damman y Raquel Guaita, regresaron a España tras años de trabajo en cooperación internacional con la idea de crear un espacio distinto.

El edificio acoge un albergue y talleres de cerámica, sonido o artes gráficas, además de actividades de bienestar como yoga. Más que un alojamiento, La Surera se concibe como un nodo de conexión entre visitantes y comunidad local. Se organizan talleres de sensibilización ambiental, experiencias de aprendizaje sobre la vida rural y actividades culturales que van desde conciertos hasta exposiciones.

Damman está convencido de que el modelo encaja con las transformaciones del sector: «Creo que el turismo masivo globalizado tiene los días contados; habrá un retorno al turismo más local, a la ruralidad, por convicción o por necesidad. Los frutos comienzan a notarse. «Hemos contribuido a ampliar la oferta cultural en el ámbito rural. Ya nos están empezando a considerar como un ejemplo», asegura.

De las bodegas de Lleida a los paisajes geológicos de Granada, pasando por la Sierra de Espadán, estas experiencias muestran que el turismo cooperativo no es marginal. El reto ahora es que las políticas públicas acompañen.

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