Análisis de Personajes en "12 Hombres Sin Piedad": Un Estudio Detallado

La cultura del remake ha proporcionado en innumerables ocasiones una repetición narrativa, fílmica y temática, demostrando ser un posible exponente del agotamiento de ideas en el panorama cultural contemporáneo. Préstamos textuales, apropiaciones, citaciones, imitaciones, recuperaciones y el reciclaje de motivos y temas son formas discursivas arraigadas desde el postmodernismo. El robo, préstamo y reciclaje narrativo no suponen un nuevo procedimiento ideado por creadores de la generación de Godard, sino que es tan antigua como la tradición de contar historias.

Sidney Lumet, responsable de obras icónicas como “Sérpico” o “Tarde de perros”, no era ajeno a la cultura del remake, sino partícipe. En las re-adaptaciones realizadas por Lumet se aprecia la pugna entre fidelidad e infidelidad textual, un debate a veces controvertido que tanto desacraliza textos como abre discusiones sobre intencionalidad autorial y multiplicidad de lecturas.

En su encarnación primera, ”12 hombres sin piedad” fue una obra emitida en directo como episodio de televisión de una hora de duración para el programa Studio One, en 1954. Fue un éxito, ganando tres premios Emmy a la mejor dirección de Franklin Schaffner, al mejor guion de Reginald Rose y al mejor actor principal, Robert Cummings. Las modificaciones que se aprecian en el filme de Lumet con respecto al original son de depuración.

Lumet se centra en pulir las motivaciones de los personajes, los mecanismos de acción-reacción, en acentuar la sensación de claustrofobia y añade un trabajo de dirección que, por limitaciones técnicas de la retransmisión en directo, el original no presentaba. Si uno se fija, Lumet coloca la cámara en diferente posición en función del acto de la obra, estando por encima del nivel de los ojos y en gran angular en el primero para presentar una separación entre personajes, a nivel de los ojos en el segundo acto y, en el tercero, por debajo y encuadrando primeros planos para acentuar la sensación de encerramiento.

“12 hombres sin piedad”, más de sesenta años después, se mantiene como una extraordinaria película donde, empleando las convenciones de un drama judicial, se construye un fascinante análisis sobre el papel y las responsabilidades tanto individuales como colectivas, las limitaciones del sistema judicial y la presencia semioculta de los prejuicios sociales, raciales, socioeconómicos y personales ante hechos supuestamente objetivos e incontestables.

Lea también: Tendencias actuales en el emprendimiento español

Las deliberaciones de este jurado, ante el caso presentado donde un joven portorriqueño sin recursos ha presuntamente asesinado a su padre, se inician con una presunción de culpabilidad, y no de inocencia. Solo un hombre tiene reparos en condenar de forma expeditiva al joven y, en un movimiento de caída de fichas de dominó, el grupo llega progresivamente a un consenso al desengranar la carga de prejuicio, suposición y desconfianza que lastra cada hecho inicialmente condenatorio.

Sidney Lumet desarrolla toda la trama en un cuarto: donde un jurado, doce hombres, delibera sobre la culpabilidad o inocencia de un joven (18 años) al que se le ha acusado de asesinar a su padre. Dependiendo del voto de inocente o culpable el joven irá a la silla eléctrica o no. En un principio todos están dispuestos a que la deliberación termine pronto. Parece un caso bastante claro.

Pero en esa primera votación el jurado número 8 (no sabemos el nombre de ninguno de los personajes excepto al final en el que tan sólo nos enteramos del nombre del jurado número 8 y de jurado número 9) vota inocente. Como no hay unanimidad tienen que empezar a deliberar. El jurado número 8 explica que no está del todo seguro sobre su inocencia pero que tiene varias dudas razonables y un respeto inmenso por la tarea encomendada.

En segundo lugar la tensión y el ambiente que ‘se respira’ en la sala y una buena labor de fotografía en ese sentido (aumentando esa sensación de agobio en buen blanco y negro por el gran Boris Kaufman). Es un día asfixiante, el ventilador no funciona, las ventanas no se abren bien, hay una sensación de agobio ante una mesa enorme y las sillas. De falta de espacio, de atmósfera irrespirable. Después se desata una tormenta.

Merece la pena, porque es uno de sus mejores logros, el analizar a cada uno de los miembros del jurado que además poseen el rostro de actores carismáticos con carreras televisivas, cinematográficas y teatrales a sus espaldas. Todos los rostros nos suenan y todos están increíbles en sus composiciones. Ninguno sobra. Todos tienen sus matices. Sus personajes están perfectamente construidos.

Lea también: Regalos originales para triunfar en el mundo empresarial

Análisis Individual de los Miembros del Jurado

  • Nº 1. El presidente del jurado (Martin Balsam): Trata de llevar con disciplina el puesto que tiene asignado aunque también denota que tiene ganas de que acabe pronto la deliberación y se queda sorprendido cuando ve que se va a discutir sobre el caso. A veces se siente saturado ante su función e incluso se enfada con quienes se quejan y les invita a que ocupen su puesto. Nunca deja clara su posición ni por qué cambia su voto.
  • Nº 2. El empleado de banca (John Fiedler): Es un empleado de banca apocado y convencido de la importancia de pertenecer a un jurado. Escucha a unos y a otros y se acerca a uno y a otros sin definirse claramente. Va construyéndose su propia opinión según cree él que haría un buen ciudadano.
  • Nº 3. El iracundo empresario (Lee J. Cobb): Un pequeño empresario que poseé una lavandería con varios trabajadores de la que se siente orgulloso. Tiene unas complejas relaciones con su joven hijo. Sus miedos, frustraciones, odio y violencia las vuelca en el joven acusado. Está acostumbrado a hacer su santa voluntad, él no discute, ordena. No dialoga, si alguien es contrario a su parecer pelea y se vuelve agresivo. Emplea el miedo y el grito como armas de persuasión.
  • Nº 4. El corredor de bolsa (E. G. Marshall): Frío y calculador, es corredor de bolsa. Y parece inmutable en sus criterios y razonamientos. No suda. No se altera. Y trata de relacionarse lo menos posible con sus compañeros de sala.
  • Nº 5. El hombre del barrio marginal (Jack Klugman): Ha crecido en el mismo ambiente que el acusado y sabe cuáles son las circunstancias del joven y cómo ha sido su día a día. Conoce la violencia que se respira en su ambiente e imagina los golpes continuos que ha recibido el joven. Ha vivido en su vencidario. Varias veces se siente agredido por otros componentes del jurado que no dan el mismo valor, ni los mismos derechos ni oportunidades a las personas que vienen de barrios marginales. Se siente menospreciado y por ello identificado con la situación del joven.
  • Nº 6. El pintor (Edward Binns): Un hombre trabajador, es pintor de profesión, y respetuoso con sus compañeros. Se altera cuando ve que alguno no trata bien al más mayor de los miembros del jurado o cuando hay faltas de respeto. Aunque en un principio se muestra poco reacio a dar su opinión o a pensar en el caso, poco a poco se va metiendo en el caso y apasionándose con su papel ahí, en el grupo.
  • Nº 7. El vendedor (Jack Warden): Es el pasota del grupo. Es vendedor. Se hace el simpático pero es un maleducado. Sólo quiere llegar a un partido del béisbol para el que tiene entradas. Quiere terminar cuanto antes y no le gustan los razonamientos. Sólo le interesa lo que le beneficia y lo demás le importa poco.
  • Nº 8. El arquitecto (Henry Fonda): Es un arquitecto que tiene en principio a todo el grupo en contra. Es el hombre tranquilo y razonable que trata de que el juicio al joven se convierta en justo. Por eso en la primera ronda deja caer su voto bomba: No culpable. Cree que merece la pena tomarse el caso en serio y siembra dudas razonables.
  • Nº 9. El anciano (Joseph Sweeney): Es el más mayor del grupo, jubilado. Nada tiene que perder. Es un hombre razonable y por eso apoya al jurado número 8 porque cree que tiene derecho a exponer sus dudas. Aunque hay algunos miembros del jurado que no le respetan por ser anciano nunca deja de exponer sus pensamientos y planteamientos. Su experiencia de vida le hace hacer observaciones muy válidas sobre los motivos de las declaraciones de alguno de los testigos.
  • Nº 10. El hombre prejuicioso (Ed Begley): Con su rostro desagradable y sus malas formas finalmente deja al descubierto que tan sólo juzga por sus prejuicios y racismo.
  • Nº 11. El relojero (George Voskovec): Ciudadano inmigrante, educado, sencillo y encantador. Es relojero. Sufre el racismo de varios de los miembros del jurado pero no se calla, sabe defenderse y pronto se pone del lado del joven acusado intentando entender sus motivaciones.
  • Nº 12. El publicista (Robert Webber): Él es publicista y va cambiando su voto según le presiona el grupo. Demuestra que no tiene criterio propio.

Con un gran talento, su director, Sidney Lumet, logra representar a través de una situación microgrupal un gran problema de nivel macrosocial que, además, está en el origen mismo de la condición humana, la moral y la ética social. Se trata de cómo los prejuicios, los intereses y las influencias del pensamiento preponderante de la sociedad ejercen una gran presión sobre el individuo a la hora de juzgar y tomar una decisión sobre otro, y que por las evidencias, sólo aparentes, cree actuar con certeza de justicia hasta que aparece «una duda razonable».

El tema, más que el de la justicia a secas, es el del juicio humano. ¿Cómo se fragua un juicio sobre la realidad? Nuestra opinión sobre el mundo tiene unas consecuencias; el ser humano es responsable del modo en que las fragua: analizar los propios planteamientos, conocer los propios prejuicios, desvincularse de los propios intereses, son obligaciones morales ante las que todo ser humano debe responder.

En la película se plantean varias actitudes ante la reflexión: al principio, sólo uno ha optado por llevarla a cabo, y va arrastrando a otros. Tras un primer intento, el que promueve la reflexión propone una segunda votación, ante cuyo resultado se rendirá. Esa secuencia no es baladí: el diálogo sólo puede establecerse cuando dos partes están dispuestas a ello. Fonda se da cuenta de que su monólogo no llevará a ninguna parte; la actitud del viejo representa esa aceptación del reto de dialogar.

La película plantea constantemente una dialéctica que gira en torno a los conceptos de lo evidente, lo posible y lo probable. Para situarnos en esta posición es imprescindible analizarnos primero a nosotros mismos. A lo largo de nuestra vida y en el proceso de socialización vamos adquiriendo una serie de prejuicios, de concepciones positivas o negativas sobre la realidad. Es algo necesario para desarrollarnos, para ir ampliando nuestro ámbito de acción y nuestra capacidad de respuesta ante el entorno que nos rodea.

Cuando confundimos la naturaleza de la experiencia y transformamos nuestras propias vivencias en ley, la experiencia deja de ser el conocimiento práctico que es y se torna en prejuicio. Uno de los personajes pretende hacer ley universal la coducta antisocial que abunda en ciertos barrios marginales; otro, abandonado por su hijo, desarrolla una opinión generalizada hacia todos los hijos, e incapaz de enfrentarse a la realidad de sus sentimientos, los proyecta hacia todos los hijos.

Lea también: Emprendedores Guapos y Triunfadores

El siguiente paso es el diálogo: Casi al comienzo, cuando el protagonista propone una segunda votación, se hubiera rendido si no hubiera encontrado apoyo. La justicia jamás podrá desarrollarse en una sociedad sorda. El monólogo, por veraz e instructivo que sea, no puede transformar la realidad humana, porque ésta es, básica y radicalmente, social.

El último paso, lógicamente, es la comprensión de una verdad más radical, de naturaleza tan distinta a la cerrazón de las previas opiniones acríticas. Nunca se podrá saber si el chico mató o no realmente a su padre, pero para la conclusión de la película esto es irrelevante. Nadie acaba en el proceso igual que comenzó; la seguridad en el modo de intervenir y de expresarse de cada uno se van dando la vuelta; la fuerza del prejuicio se debilita, la pequeña sociedad ahí concentrada se transforma.

Reginald Rose nació en Estados Unidos. Dedicó su vida a escribir guiones, especialmente para televisión, en la década de los años 50 del siglo pasado. En sus argumentos se refleja el interés por cuestiones sociales y políticas de gran controversia con un enfoque claro y preciso de la realidad colectiva.

Su obra más conocida y exitosa es 12 hombres sin piedad, donde relata la complejidad del ser humano para discriminar entre sentimientos y realidades con la dificultad de ser mínimamente objetivos. La serie televisiva se estrenó en 1954, posteriormente el autor la adaptó para ser llevada al teatro con gran éxito de público y en 1957 se rodó finalmente la película, dirigida por Sidney Lumet. Este filme es uno de los que mejor representa esa comunión entre televisión, teatro y cine.

Ante los doce miembros del jurado, un magistrado da por finalizado el juicio a un joven de 18 años por haber cometido el delito de matar a su padre, y les pide que se retiren a deliberar el veredicto. Si finalmente el acusado es considerado culpable, su condena será ser enviado a la silla eléctrica por el cargo de homicidio en primer grado.

Cuando parece que no van a tardar demasiado en decidir un veredicto de culpabilidad, uno de ellos no lo tiene tan claro, sostiene lo que llama “una duda razonable“, aquella que debe hacer reconsiderar cualquier acusación. La persona que se opone al pensar mayoritario expondrá sus argumentos y pedirá una nueva votación para ver si alguien más se lo ha pensado. Votación a votación, las dudas, enmascaradas antes por una aparente claridad, empezarán a surgir.

El grupo decide entonces reconsiderar su decisión y revisar el caso de forma más pausada. Debaten sobre las pruebas presentadas, las declaraciones efectuadas por los testigos y sacan nuevas conclusiones. Esto es quizás lo realmente mágico de la película, el espejo que pone delante de nosotros para decirnos que debajo de muchas de las opiniones o creencias que sostenemos y defendemos hay razones que no nos atrevemos a confesar.

Habilidades de Liderazgo en "12 Hombres Sin Piedad"

La duda razonable se plantea cuando todos los miembros del jurado quieren zanjar la deliberación de forma precipitada, llegando a un consenso de culpabilidad. En una rápida e irreflexiva primera votación, todos, excepto uno de los miembros del jurado, declaran al acusado culpable del crimen.

Es entonces cuando la capacidad de liderazgo del miembro discrepante atrae hacia sí a los demás componentes del grupo, que poco a poco irán dudando culpabilidad del joven acusado. Este personaje que enciende la mecha refleja en su interpretación las características que definen a un buen líder:

  • Sabe escuchar: En el trascurso de la película, el protagonista escucha atentamente todas y cada una de las opiniones, sin caer en la tentación de interrumpir el discurso del resto de los miembros del jurado. El simple hecho de escuchar le permite reunir información e identificar problemas, tomar decisiones y resolver conflictos.
  • Es asertivo: Los miembros del jurado quieren zanjar el asunto cuanto antes. Sin embargo, contra esta corriente, nuestro personaje expresa su desacuerdo. No es una postura sencilla esa la de enfrentarse a la mayoría. Se expone, por ejemplo, a que el juicio sobre el acusado se transforme sobre un juicio sobre su persona.
  • Dirige, coordina y modera: El personaje principal modera las discusiones entre los miembros del jurado, maneja y resuelve conflictos y se asegura que la comunicación es fluida y efectiva. Una persona que quiera convencer con argumentos tiene en la película un buen espejo en el que mirarse, por encima de que su autoridad mane de otras fuentes, como un mayor prestigio o una experiencia más dilatada.
  • Es honesto: Nuestro líder en la película no se posiciona de manera cerrada. En la primera votación, vota “inocente” porque quiere que el debate se abra. No porque quiera posicionarse en este lugar. Son más las circunstancias las que hacen que lo elija. Es consciente de que si él no se manifiesta en contra de la posición mayoritaria, no habrá debate.

La película es todo un alegato a la justicia y a la lucha en contra de cualquier tipo de prejuicios, ya sea racial, sexual, religioso, económico… En algún análisis he leído como comparaban al personaje de Henry Fonda con el Quijote idealista de Cervantes. No puedo estar más de acuerdo con esta reflexión.

tags: #12 #hombres #sin #piedad #roles #y