Roberto Kelly: Biografía de un Empresario Exitoso

En la contribución anterior sobre Good Sam de Leo McCarey cerrábamos el texto filosófico fílmico con Sam Clayton (Gary Cooper) montado en un motocarro.

Había aceptado el ofrecimiento de Nelson (Clinton Sundberg), el mecánico, para llevarle a él y a sus hijos, al trabajo y a la escuela, respectivamente.

La esposa de Sam, Lu (Ann Sheridan), reaccionaba con una expresión no exenta de orgullo: “A él le da igual”.

Que un persona de relieve en la vida económica de la comunidad pudiera comportarse con tanta sencillez y buen corazón tenía un inmediato precedente en la obra de McCarey.

Nos referimos al personaje de Mr. Bogardus (Henry Travers), en The Bells of St. Mary´s, el empresario que por la decidida voluntad de hacer el bien se había deprendido de un magnífico edificio, destinándolo a la Escuela parroquial regentada por las monjas de St.

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En efecto, lo que había descubierto de golpe el empresario, como a modo de conversión, era el deseo de hacer el bien.

Algo que no contrariaba su vocación al mundo de los negocios porque, como señalábamos entonces con base en la obra de Vladímir Soloviov, “los fenómenos de orden económico son pensables sólo como actividad del hombre, un ser moral y capaz de someter todas sus acciones a los motivos del bien puro”.

Continuaremos más adelante con el desarrollo de Soloviov.

Ahora nos detendremos en una obra que inspiró gran parte del pensamiento de McCarey al tiempo que rodaba Good Sam.

Nos referimos a You Can Change the World! Se trata de un escrito propio de la espiritualidad católica, pero que se presenta abierto a otras sensibilidades religiosas que pudieran compartir su propósito.

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Este no es otro que “un amor personal positivo hacia todos, incluso hacia los que odian… Quejarse o criticar no sirve de nada… “es mejor encender una vela que maldecir de las tinieblas”.

Estamos ante un lema en el que fácilmente podemos ubicar a Sam Clayton y su impulso a ayudar.

No sólo como miembro de una organización -aparece en la primera escena en una congregación religiosa-, sino también como por una decisión suya.

Eso supone ser consciente de la necesidad de no quedarse circunscrito a lo que hoy llamaríamos nuestra “zona de confort”.

Keller consideraba que en sus día: “los más de las buenas personas sólo tienen cuidado de ellos mismos, mientras que los más de las malas personas se preocupan de todos” -para influir en su propio beneficio, hay que entender-.

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Se trata de un matiz muy significativo que ayuda a entender que no se trata de una postura individualista, sino solidaria.

Sam Clayton aspira a ser coherente con lo aquello a lo que apunta esta sentencia, es decir, a ser un agente trasformado de su entorno, a considerar que la propia acción se puede sumar a otras muchas y cambiar el mundo.

James Keller recordaba la invitación evangélica a actuar de este modo, un tema reiterado a lo largo de You Can Change The World! “.

Amar al prójimo como a ti mismo significa hacer por los otros como haríamos por nosotros mismos, sin tener en cuenta el tiempo dedicado, los inconvenientes implicados, incluso el propio sufrimiento real soportado a veces”.

Chloe la sirviente piensa que la posición de su jefe como directivo de unos grandes almacenes debería verse acompañada de toda una serie de privilegios.

Sam -y también Lu- no lo vine así.

Como veremos el personaje interpretado por Gary Cooper concibe plenamente su trabajo y su responsabilidad como una ocasión de hacer el bien, que conecta con sus opciones vitales cotidianas.

Muestra de modo inequívoco la continuidad entre ambas esferas, representando la expresión de Soloviov acerca de que “los fenómenos de orden económico son pensables sólo como actividad del hombre”.

Las personas se resienten cuando no son tratadas como individuales.

La obra de James Keller presenta distintos ámbitos en los que la capacidad de trasformar el mundo a partir del bien que puede hacer cada persona resulta más urgente en la entonces sociedad de mediados del siglo XX.

No parecen haber cambiado demasiado.

Entre ellos se encuentran de manera privilegiada las “relaciones laborales” (labor-management).

En el capítulo dedicado a ellas Keller relata la anécdota de un amigo suyo, vicepresidente de un grupo empresarial.

Éste se quejaba de la actitud de sus trabajadores que siempre estaban exigiendo más, llegando incluso a ejercer su derecho de huelga porque consideraban que sus condiciones de trabajo eran injustas.

Le pregunté si realmente quería saber la causa de su muchos de los problemas de su empresa.

“Suponiendo que hayas hecho todo lo que señalas”, le dije, “has pasado por alto un punto muy importante: no te has dado a tus empleados a ti mismo… […] No te engañes: las personas se resienten cuando no son tratadas como individuales.

Estas pinceladas breves nos permiten captar como McCarey sintonizaba con los planteamiento de Keller a la hora de configurar al personaje de Sam Clayton.

Ciertamente You Can Change the World! reflejaba de modo expreso el contenido de la Doctrina Social de la Iglesia.

En el artículo 22, en efecto, señala: “Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a… la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.

Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses.

Y en el 24 se hace alusión a la necesidad de medios que impidan la auto explotación del trabajador por necesidades de subsistencia.

“Toda persona tiene derecho al descanso, al disfrute del tiempo libre, a una limitación razonable de la duración del trabajo y a vacaciones periódicas pagadas”.

Resulta importante establecer esta correlación porque lo que para algunos puede resultar excesivamente idealista en la visión del trabajo de Good Sam o de You Can Change the World!, en realidad está mostrando, por el contrario, cuanto se distanciaron las visiones de la economía de finales del siglo XX y principios del XXI de una visión moral de la misma, pretendiendo una autonomía científica que en realidad no es más que inhumanidad.

La atención a la anciana (Ida Moore) que muestra que la voluntad del hombre puede cambiar las leyes económicas en Good Sam de Leo McCarey

Señala con agudeza Soloviov que las leyes económicas a diferencia de las leyes de la naturaleza, o incluso de las leyes positivas o estatales, carecen de su misma inexorabilidad.

En efecto, “las aparente leyes económicas… en cualquier momento pueden ser violadas y anuladas por la voluntad moral del hombre”.

… nadie le impide a cualquier propietario virtuoso de San Petersburgo, a pesar de la «ley» de la oferta y la demanda, incluso bajar de hecho el precio de los pisos de modo puramente filantrópico, y on muy pocos lo que lo hacen, esto en modo alguno demuestra la fuerza de la economía, sino sólo la debilidad de la virtud de las personas; porque en cuanto esta carencia de humanitarismo personal se completa con las exigencias de la ley estatal, los precios bajan inmediatamente y la «férrea» necesidad de las leyes económicas inmediatamente se muestra tan frágil como el cristal.

Soloviov no está defendiendo que no existen estas leyes, sino que su pretendida inexorabilidad queda contradicha por la libertad moral de las personas en ejercicio de su responsabilidad.

… lo que yo defiendo únicamente es la verdad evidente de que, si las motivaciones morales tienen la fuerza suficiente en la persa en cuestión -ya se trate de una persona privada o tanto más si es una persona jurídica gubernativa-, no existe una pretendida necesidad económica que le impida someter las consideraciones materiales a las morales en cualquier asunto; y de aquí se sigue lógicamente que en este campo no hay ningún género de leyes naturales que actúen independientemente de la cualidad de la voluntad de las personas en cuestión.

La consecuencia de esta verdad es poder establecer un principio de rectitud, una exigencia general de la razón en la vida económica, que va a poder mostrar el error común tanto de la plutocracia, como del socialismo.

Puesto que la subordinación de los intereses y las relaciones materiales en la sociedad humana a ciertas leyes económicas especiales que actúan por sí mismas es sólo la ficción de una mala metafísica sin sombre de fundamento en la realidad, queda en pie la exigencia general de la razón y la conciencia moral de que este ámbito se subordine al principio moral superior, para que la sociedad, también en su vida económica, sea la realización organizada del bien.

La inmoralidad social… consiste en la plutocracia, una perversión del orden debido a la sociedad, que eleva el ámbito que por su naturaleza es inferior y subsidiario -el económico- al nivel del ámbito superior y dominante, y rebaja todo el resto a medio e instrumentos del beneficio material.

Pero también el socialismo conduce a este perversión, sólo que desde otra perspectiva.

Si para el representante de la plutocracia el hombre normal es sobre todo un capitalista y después, per accidens, un ciudadanos, miembro de una familia, un hombre culto, miembro de alguna comunidad religiosa, resulta que también desde el punto de vista del socialismo todos los demás intereses pierden valor, pasan a segundo plano ante el interés económico, si es que no desaparecen del todo, y también aquí el ámbito inferior (por su propia naturaleza) y material de la vida, la actividad industrial, se convierte decididamente en el predominante, el que encierra en sí todo lo demás.

La insistencia de Soloviov de que las relaciones económicas están sometidas a la norma moral como un ámbito especia de su aplicación tiene su necesario reflejo en la consideración del trabajo.

Esto sólo adquiere su auténtica dimensión cuando quien trabaja es consciente de lo que influye su acción en el bien común y así lo quiere .

No basta justificar que puede haber una armonía entre la búsqueda del interés de cada uno y el resultado final de satisfacción para todos.

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