Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa, pintor y cartelista francés, fue una figura destacada de la Belle Époque parisina. Aristócrata de origen, se consideraba a sí mismo un cronista social, plasmando en sus obras la vida del pueblo y la vibrante vida nocturna de París, incluyendo a las prostitutas, a quienes frecuentó y retrató con gran empatía.
Un Artista Atípico
Lautrec nació en el seno de una familia aristocrática con antecedentes de consanguinidad, lo que pudo haber influido en su salud. Un accidente en su juventud afectó sus fémures, impidiéndole crecer más allá de 1,52 metros. A pesar de sus limitaciones físicas y de su temprana muerte a los 36 años, debido a la sífilis y al alcoholismo, Lautrec dejó un legado artístico imborrable.
Influencia de la Fotografía y el Dibujo
Su magnífica obra debe mucho a la fotografía. La espontaneidad y el asombroso dinamismo de sus escenas y personajes hacen de sus dibujos excelentes apuntes del natural. Destacan también esos encuadres innovadores y los trazos rápidos y expresivos que definen a la perfección a personajes, situaciones y atmósferas. Lautrec fue más que otra cosa un dibujante e ilustrador, tareas con las que pudo subsistir al encargarle carteles los cabarets y espectáculos y demás publicidad. Sus óleos son escasos pero en ellos se puede ver el mismo gusto por los ambientes y personajes bohemios, la espontaneidad y el movimiento y los encuadres inusuales tomados de la fotografía y la estampa japonesa.
El Cartelismo como Medio de Expresión
Lautrec encontró en el cartelismo un medio ideal para expresar su arte y ganarse la vida. Los dueños de los cabarets le encargaban carteles para promocionar sus espectáculos, lo que le entusiasmó, ya que en sus largas noches en estos locales dibujaba todo lo que veía y lo dejaba por las mesas. Al contrario que Vincent van Gogh, llegó a vender obras y fue reconocido, si bien su popularidad radicó en sus ilustraciones para revistas y carteles publicitarios más que en la pintura al óleo.
En la publicidad y el arte encontramos dos sistemas de representación que ocupan diferente lugar dentro de nuestra escala de valores pero que a lo largo de la historia y concretamente en el período que vamos a analizar llegaron a fusionar sus conceptos.
Lea también: Éxito Profesional en Publicidad y Marketing
El talento se topó con el dinero. El talento lo aportaban los cientos de artistas que se desplazaban hacia la Ciudad de la Luz en busca de fortuna. Los primeros buscaban mecenas. Los segundos, un modo de anunciar a una incipiente sociedad de consumo todo un nuevo rango de productos y servicios a su alcance, desde bicicletas a milagrosos cosméticos, pasando por innumerables propuestas de entretenimiento.
Así, los artistas se toparon con los empresarios... El arte llegó a las calles de París y el éxito fue rotundo. Los críticos no dudaron en considerar aquel nuevo medio como una más de las expresiones artísticas. La recepción del público, por su parte, fue igual de entusiasta: los transeúntes se paraban a admirar y comentar las creaciones, algunos incluso arrancaban los carteles apenas pegados unos minutos antes y, muy pronto, empezaron a aparecer recopilaciones (llamadas Les Maîtres de l’Affiche) en formato libro de los mejores carteles de la temporada. El nuevo invento parecía a gusto de todos.
Los empresarios se frotaban las manos ante la notoriedad que alcanzaban sus productos, mientras que los artistas encontraban una lucrativa fórmula de subsistencia. La paternidad del cartelismo se atribuye a un artista llamado Jules Chéret. No solo porque ideó un sistema para imprimir en color y a gran escala, sino porque introdujo un nuevo lenguaje en vigor hasta hoy: los textos perdían importancia ante las imágenes; los carteles, más que anunciar, sugerían.
Algunos de los mejores pintores, ilustradores y caricaturistas probaron suerte en el nuevo medio. Sus más de mil carteles para todo tipo de empresas le llevaron a amasar una enorme fortuna. ¿Por qué recibió tal avalancha de encargos? Chéret se convirtió en una de las grandes celebridades de París, y pronto algunos de los mejores pintores, ilustradores y caricaturistas de la ciudad probaron suerte en el nuevo medio. De la larga lista de competidores de Chéret donombres se hicieron tan famosos como el del padre del cartelismo. Uno correspondía a un pintoresco artista, cojo, bajito, tocado con un sombrero de hongo y asiduo de los ambientes nocturnos de Montmartre: Henri de Toulouse-Lautrec.
En 1891 el buque insignia de la Belle Époque parisina, el cabaret Moulin Rouge , inauguraba su tercera temporada. Su estilo era deudor de las estampas japonesas, tan de moda en la época: figuras enormemente expresivas pese a estar trazadas con un mínimo de líneas, escenas llenas de vida aun con el uso de una paleta de colores limitada (cuatro en el primer cartel).
Lea también: Enfoque Demográfico en Marketing
Tres años después saltaba a escena otro peso pesado del cartelismo. En diciembre de 1894, Alphonse Mucha recibía el que iba a ser el encargo de su vida: la gran dama del teatro francés, Sarah Bernhardt, le pidió que diseñara el cartel de su próxima obra de teatro, Gismonda. A la excéntrica Bernhardt, sin embargo, le encantó.
Obras Destacadas
Entre sus obras más destacadas se encuentran:
- Moulin Rouge: la Goulue (litografía a colores, 1891)
- Ambassadeurs: Aristide Bruant (litografía a colores, 1892)
- Yvette Guilbert (gouache sobre cartón, 1894; Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid)
- Salón de la Rue des Moulins (óleo sobre lienzo, h. 1894), Museo Toulouse-Lautrec, Albi
El Legado de Toulouse-Lautrec
La Belle Époque llegó a su fin con la Primera Guerra Mundial, y con ella también terminaba la edad de oro del cartelismo. La radio arrebató al cartel el papel dominante como medio publicitario y, posteriormente, la fotografía introdujo nuevos métodos de trabajo. Con contadas excepciones, los cartelistas eran creadores cada vez más anónimos, y sus trabajos eran percibidos como más efímeros. El cartelismo pasaba a ser cosa del diseño, y no del arte.
No obstante, más de un siglo después, los carteles de Toulouse-Lautrec se mantienen en la memoria como uno de los grandes hitos del arte moderno.
Cerca de 240.000 dólares pagó un coleccionista en 1999 por un original de este cartel, la cifra más alta de la historia por una pieza de este tipo. Ejecutado en 1893 para el debut de Jane Avril en el café concierto Jardin de Paris, ubicado en los Campos Elíseos.
Lea también: Seleccionar el IAE correcto para tu agencia
Aristide Bruant era la gran estrella del París canalla. Toulouse-Lautrec le conocía desde hacía mucho tiempo y, por ello, en este cartel para anunciar su actuación en el local Ambassadeurs el artista no intentó ejecutar un retrato fiel, sino que plasmó una idea abstracta del talante de Bruant: un rufián con apariencia de señorito, con guantes y bastón, que entra en uno de los cafés de las élites.
En 1922 su madre y su tratante abrieron el Museo Toulouse-Lautrec en el Palacio de la Berbie, Albi, muy visitado y reconocido por su amplia colección.